jueves, 6 de marzo de 2008

Las agujas 2

Sé que el equilibrio no se alcanza en un proceso simple. Antes que eso, requiere un acercamiento y un proceso de observación continua. Tras apreciar todo el conjunto he optado por presentar el cebo sobre una cameta en monofilamento del tipo fluorocarbono, en una numeración del 0,30 milímetros. Más que suficiente, capaz de engañar una aguda vista y de resistir con seguridad la acción abrasiva del pez que busca, con derecho propio, una libertad que le negamos. La condición indispensable la traducimos en un protocolo simple: revisar tras cada captura el estado de los centímetros distales, y cortar dicho fragmento en caso de desgaste.
Si cebamos con pulga quizá convenga un anzuelo de horma recta y fino, como los formatos “Cristal” del número 4 o 6. En el caso de que nos decantemos por la consabida tirilla de sardina o chipirón, tal vez será preferible un arpón curvo del número 2, 4 o 6, dependiendo, claro está, del porte que alcanzan las agujas en el área en cuestión.
Tarde de mayo, a las cinco, y falta una hora para la máxima pleamar. Gracias a la visera, sin poder levantar los ojos ante un disco que ciega. Unas cucharadas de chipirón, de ese que encontré en el fondo del congelador... restos de la pasada campaña que es posible aprovechar. Sobre la superficie emergen algunas ondas, que con dificultad se adivinan a esa distancia. Son agujas, sin duda. Desplegar los tramos de la caña, confeccionar un fiable aparejo. Es cuestión de minutos. Un reconstituyente trago de agua. Otra paletada de macizo. Veo, agachado, una aguja cerca de la piedra, un delgado cuerpo que abandona temerariamente la protección del grupo. A veces las picadas se producen al margen inmediato del cantil.
Lanzamos a unos 30 metros de distancia. La boya se mantiene equilibrada, a pesar de este aire que ha comenzado a soplar, insistente, del noroeste, que levanta olas. Un bamboleo que no se hace esperar. Se sumerge una, otra vez. No ha llegado el momento, seguro que está paladeando. Se hunde frenéticamente, de lado, corre. Recojo un poco de hilo con tres vueltas de manivela. Golpe intenso llevando la puntera de la caña hacia atrás. A esa distancia y con la curvatura que el aire ejerce sobre la tanza el clavado debe ser enérgico, no hay otra forma. Librea plateada que emerge en un prodigioso salto, semeja un pez vela. ¡Vaya ejemplar! Los manuales, guías y publicaciones, establecen dimensiones máximas que se alcanzan con inusitada frecuencia desde estos pedreros. Una suerte que los lugareños, curiosos por naturaleza, saben aprovechar, también culinariamente. Un pez ejemplar, de lucha tenaz, ataque violento, espléndidas magnitudes. Un día que se agota.
Desaparecen, por arte de magia, tal y como han venido...con la marea. El “marzo”, puerta abierta a la entrada de las agujas, voraz teleósteo, dotado de iniciativa y con capricho por el cebo vivo; alevines de peces que podremos sustituir mediante la incorporación de un señuelo: pequeñas plumas, anguilones –iscabelas- de vinilo y un largo etcétera de imitaciones que arrastrará la curiosidad de este magnífico pez…adelanto de un próximo capítulo.